Reseña en Lecturápolis
FRANCISCO PINIELLA:
He transmitido parte de las historias de mi familia, esos silencios que siempre hubo.
La guerra civil dejó tras de sí un inmenso reguero de desgracias. Como todas las guerras. Las familias se quebraron como ramas secas. Padres, hermanos, tíos, novios, perecieron bajo el fuego de uno u otro bando. Algunos huyeron monte a través, acabaron en otros países, forjaron nuevos vínculos en su tierra de acogida. De otros, nunca más se supo. Francisco Piniella y su familia sabe mucho de ausencias, de esas que, a pesar del paso del tiempo, se hacen densas y pesadas. Francisco, o Paco, ha tardado mucho tiempo en escribir su historia, esa que se sustenta sobre pilares familiares, esa que ofreció a una escritora y a otra de afamado nombre. Paco sabía de escritura, pero nunca se había adentrado en la ficción, y no sabía si su estilo y su pluma estaría a la altura de una historia como esta. Paco ha esperado a que se cumplieran dos premisas para atreverse a poner negro sobre blanco. Primero, la muerte de su padre. Segundo, su jubilación como docente y rector en la Universidad de Cádiz. En Las líneas del silencio cuenta la historia de un hombre, un marino mercante, embarcado en el buque Cabo San Agustín, un 11 de julio de 1936. Precisamente su propio abuelo embarcó aquel mismo día en aquel mismo buque. Su esposa Isabel no volvió a verlo, como tampoco lo volvió a ver su hijo. Esta historia es la historia de muchos hombres y de muchas mujeres que, durante aquellos años, fueron testigos del rumbo inesperado que tomaron sus vidas.